Guardar la ropa

patito  I                                                                                 

         En un muy loable intento por aclarar algunas   hipótesis sobre el comportamiento animal, y en particular sobre el aprendizaje, el Dr. Konrad Loretz (Viena, 1903) se preguntó, por ejemplo:

“¿Cómo aprenden a nadar los patitos recién nacidos?”

           Sin ánimo de menoscabar a Lorentz: los patitos tienen a su favor que, hagan lo que hagan, flotan en virtud del principio de Arquímedes (Siracusa, 287-212 a.C.), y de las plumas huecas, los pies planos y otros detalles menores, explicados convenientemente por Sir Charles Darwin (Cambrigde, 1809 – Kent, 1882).

           Por este motivo, entre otros, y a pesar de la desbordante panoplia con que nos obsequia la industria juguetera de Taiwan (todo a 100), no nos distraemos en la bañera con pisapapeles, yunques ni bustos de Napoleón (Córcega, 1769 – Santa Elena, 1821) de plástico brillante: para no confundir a los niños.

            Tampoco les explicamos el Principio de Arquímedes justo antes de lanzarlos a la piscina: para que no se ahoguen en el desesperado intento de comprender por qué deberían flotar.

II

              El Dr. Lorentz sustrajo aviesamente los huevos a una pata, cuando éstos estaban a punto de eclosionar.  Sustituyó a su madre natural por una de otra especie (gallina, oca…), obteniendo en cada caso, por parte de los patitos, una imitación espontánea y más o menos perfecta de la conducta de la madre subsidiaria… a pesar de la total indiferencia de la oca, y de la franca hostilidad de la gallina.

             Luego se atrevió a ir aún más lejos: no hay nada en la forma ni el comportamiento de la oca ni de la gallina que “recuerde” a los patitos huérfanos quién debería ser su madre. Para probarlo, colocó a los desorientados neonatos, en sucesivas ocasiones, ante una serie de objetos dictados por su propio y arbitrario capricho: un osito de peluche, una locomotora de juguete, un cubo, un payasito…

             Con respecto al cubo y al osito, etc., los patitos recién nacidos se limitaron a rodearlos con curiosidad durante un rato, y luego, comprensiblemente, los abandonaron. La locomotora, sin embargo, los cautivó desde el principio con su movimiento, y la seguían a todas partes en rigurosa fila india -sin saberlo, estaban aprendiendo a ser vagones de tren “por instinto”- … hasta que empezaron a tener hambre.

III

          Una madrugada inmisericorde del verano pasado, Lucrecia (Paysandú, 1963- ……) me preguntó imprudentemente hasta cuándo la seguiría queriendo. En lugar de mentirle (es inteligente) o explicarle las teorías de Lorentz (es impaciente, también), por la mañana, mientras ella se duchaba, exprimía las naranjas, tostaba el pan y preparaba el café, le escribí este cuento.

IV

              Lucrecia sigue viviendo en alguna parte. Por eso, en el paréntesis que sigue a su nombre en el párrafo anterior, sólo figuran su lugar y fecha de nacimiento.  Como es lo habitual en estos casos en las enciclopedias, de las que me vengo sirviendo desde entonces para intentar comprender por qué no ha vuelto.

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Una respuesta to “Guardar la ropa”

  1. tusanta Says:

    ….y yo me pregunto (sin ánimo de emular a los Borgia)…¿Quien es Lucrecia?

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