“LA CAVERNA”

CRÍTICAS DE CINE

 

 

 

UN DIOS SALVAJE (Roman Polanski)

Polanski se civiliza hasta extremos insospechados, y nos presenta un elegante  drama “de situación” (como se decía antes): neoyorkinos de  clase alta, todos los personajes tienen en común una  educación que les permite, en principio, hablar  tranquilamente sobre un conflicto que, en otras latitudes o  clases sociales, hubiera terminado en las páginas de sucesos.  Lo interesante es que consiguen comunicarse, y no sólo eso,  sino que descubren afinidades (frustraciones, miedos,  expectativas) que raramente se comparten en una sociedad  atomizada y sometida a una aceleración creciente. Intrigante sin llegar a ser angustioso.

IN  TIME (Andrew Nicol)

                    Visión apocalíptica (cómo no) de un futuro donde el tiempo es,  literalmente, la moneda de cambio. Paradójicamente, siendo  una película de “acción”, es más filosófica que otras que  ostentan esta pretensión en el título. La estética es más bien  “retro”: ´últimamente, las películas de ciencia-ficción no  intentan imaginar el futuro (si lo hicieran, se les disculparían  los inevitables errores, perceptibles en todo caso cuando  llegara el supuesto año 2050, o el que fuera), sino que imitan  el estilo de los clásicos del futurismo (justamente), cuyas  implicaciones políticas no son nada inocentes.

                En este caso, una visión  salvaje del capitalismo (cómo no) nos invita a reflexionar sobre el verdadero valor del tiempo, llevando  al extremo la distinción clásica (Smith, Ricardo, Marx) entre el valor de uso y el valor de cambio. Ya sabíamos que el tiempo es (también) una mercancía, simplemente se trataba de sacar las últimas consecuencias, con la ayuda de una tecnología inventada.

UN MÉTODO PELIGROSO (David Cronenberg)

Melodrama sobre la vida (sexual) de uno de los fundadores del psicoanálisis  (Carl Jung), en el que destaca la interpretación de Keira  Knightley (Piratas del Caribe), en el poco agraciado papel de  una histérica ninfómana masoquista, que inverosímilmente se  convierte ella misma en terapeuta, y (más verosímilmente,  pero aquí entramos en el terreno de las revistas del corazón)  en amante de Jung.

               Hubiera sido interesante ver algo más de los verdaderos “peligros” (reales o supuestos) del método psicoanalítico, sobre todo teniendo en cuenta que, después de un siglo, las interpretaciones y las consecuencias culturales son infinitas. La película hubiera estado bien si se hubiera estrenado en 1920.

Pájaros de papel

Todo el mundo habla de esta excelente película como de un homenaje a los cómicos. Y lo es, y en particular a uno, Emilio Aragón Bermúdez (Carmona, 1929), que reúne en sus peripecias las de toda una generación de españoles. Pero es  también, creo, una reflexión sobre las consecuencias morales (y físicas) de la derrota, y la manera que tiene cada uno de asumirlas o rechazarlas.

Avalan esta creencia el retrato minucioso de los personajes que representan a los “vencedores” – que los haría verosímiles incluso si los trasladásemos, salvando las distancias, a nuestros días-, y la sensación de precariedad y zozobra que transmiten los protagonistas, debida no únicamente a su condición de artistas ambulantes.

No fue exclusiva de los cómicos la humillación y la derrota. En la novela La Colmena, de Camilo José Cela (Capítulo II)  puede leerse:

“En la acera de enfrente, un niño se desgañitaba a la puerta de una taberna:

Esgraciaito aquel que come

el pan por manita ajena;

 siempre mirando a la cara

si la ponen mala o buena.

De la taberna le tiran un par de perras y tres o cuatro aceitunas que el niño recoge del suelo, muy deprisa (…).”

Aquellos cuya profesión es hacer felices o divertir a los demás por un rato, son un símbolo ( pintoresco, eso sí) de todos los que, en esos años, tuvieron que ganarse el pan “por manita ajena”. O sea, casi todos. Siempre ha sido así, pero  no siempre como consecuencia de un intento fallido (la II República) de mejorar las condiciones de vida, tanto material como espiritual, y devolver así la dignidad al trabajo, en un país que parece pertenecer a Europa sólo por un capricho de la geografía.

La expresión de la cara de los protagonistas en algunas secuencias, así como sus peripecias, reflejan la “imposibilidad” de seguir viviendo con algunos de sus compatriotas, esos pioneros del uso de la aviación contra la población civil.

No es frecuente que el público aplauda al final de una película (pues se entiende que el aplauso en este caso no va dirigido al artista, que no puede oírlo, sino que reemplaza a un comentario en voz alta, de manera más breve, eficaz y sin malentendidos). Cuando esto ocurre, sin embargo, el aplauso suele ser unánime. En esta ocasión aplaudimos sólo unos pocos. Seria curioso preguntarle a cada uno por qué lo hizo.

Avatar

 

No es improbable que existan seres inteligentes en otros planetas, ni que tengan más envergadura y un color distinto al de los seres humanos. Sí lo es, un poco, que cabalguen pterodáctilos “tuneados”, disparen con arco y flechas y piensen como los indios Suwamish, que rechazaron la oferta de compra de sus territorios con estas palabras:

“¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?, esa es para nosotros una idea extraña. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo.” [1]

Los “indios” de Cameron, que se oponen a la invasión de su planeta con parecidos argumentos, creen en la interconexión de todos los seres vivos y, en consecuencia, adoran un árbol hecho con fibra óptica.

Los invasores humanos, por su parte, se comportan como personajes de un videojuego. Todos menos el protagonista, que podría aspirar al papel del Sargento Cruz[2] en el “Martín Fierro”, si no fuera porque sus motivos para actuar están más cerca del deseo (llamémosle amor, ya que la película es norteamericana) que de la indignación (por el genocidio, la destrucción del medio ambiente etc).

La palabra sánscrita avatâra[3] significa, entre otras cosas, “descenso o encarnación de un dios”. La estrategia de los invasores nos recuerda (y eso es parte del interés) todas las consecuencias  de cualquier conquista de un territorio con una cultura diferente;  contiene, además (al menos potencialmente),  elementos de psicología: siempre que asumimos  otra identidad, aún con un propósito muy concreto, al final siempre surge la pregunta “¿Quién soy?”. Aunque Cameron no lo desarrolle, o sólo lo haya sugerido indirectamente.

Echamos en falta una descripción más profunda de esta cultura alienígena, cuya profundidad se vislumbra en detalles como su especialísima relación con los animales (cuyo dominio y uso exige unas condiciones morales y “humanas” que nos recuerdan al entrenamiento de un “yogui” o un samurai, tal y como lo conocemos, también, por el cine de Hollywood).

Me alegra la vista y me sirve de descanso, por último, el que los árboles que pueblan mayoritariamente ese distante planeta sean exactamente iguales que nuestros alcornoques (aunque mucho más grandes).

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El secreto de sus ojos

Además de la perfección técnica e interpretativa, que ya han destacado otros críticos, me interesa sobre todo esto: si el cine es, como parece ser opinión general, un género literario, su mayor logro será contar, a partir  de una situación concreta, una historia que nos conmueva por apelar a emociones que son universales (piedad y temor, entre las más básicas, según Aristóteles –Poética-).

Campanella podría satisfacer el criterio estético más exigente: el miedo difuso que se desprende de la situación de impunidad de unos pocos, y la siempre ambivalente relación con un pasado traumático, resuelto o no, no son exclusivos de la Argentina de hace cuarenta años. Ni de ninguna otra época o lugar. Pero también tuvieron en cada momento características propias muy específicas.

El mérito de esta película consiste en armonizar esa “catarsis”, haciéndola accesible a cualquier espectador, con una descripción muy verosímil y precisa, no solamente del “decorado” sino también del ambiente psicológico de la época.

3 comentarios to ““LA CAVERNA””

  1. Anacreonte Says:

    Muy claros y acertados tus comentarios de cine.
    Un abrazo

  2. Anacreonte Says:

    Aún no he visto la película pero tu crítica me anima verla. La familia de cómicos de tres generaciones de Miliki, Milikito y Emilio Aragón saben de lo que hablan.
    Es sintomático lo que dices de que da la sensación que consideraban imposible convivir con algunos de sus compatriotas, compatriotas de hace 70 años que desgraciadamente todavía pervivien en algunos ámbitos de la política actual. Menos mal que ya no existe la Legión Cóndor nazi para volverla a usar, pero da la impresión que estarían dispuestos a utilizarla para recuperar “su finca”.
    Un saludo

  3. Hipatia Says:

    Muy acertadas tus observaciones sobre la película de Campanella. Es interesante el contraste entre las dos reacciones contrapuestas de los personajes: la del escritor es fría, distante, pero preocupada, en cambio la de la víctima es pasional.

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