PSICOLOGÍA Y FILOSOFÍA II

¿Para qué sirve la filosofía?

PARTE II:  LIBERTAD Y NECESIDAD

He decidido invertir el orden previsto, y abordar en primer lugar el tratamiento filosófico de la libertad dejando la identidad para más adelante.

Lo primero es desenredar el planteamiento tradicional del tema, que opone la libertad, la espontaneidad, la creación artística, los sentimientos… a la necesidad, la lógica, las leyes de la física, las determinaciones históricas e incluso las obligaciones morales.

En general, hablando filosóficamente, una cosa se define sobre todo por lo que no es: la materia es aquello que ocupa un lugar y no se mueve a sí misma (Descartes); el átomo es, incluso etimológicamente, aquello que “no se puede dividir” (Demócrito), etc. En filosofía, como en lógica, lingüística e incluso en informática, nada se define sin definir al mismo tiempo su contrario.

Como ocurre cada vez que nos encontramos un interrogante filosófico verdaderamente “serio”, este tradicional método de análisis tiene aquí sus limitaciones[1], que intentaré explicar primero, y “superar” después:

La libertad se define como aquello que no puede predecirse (pues de lo contrario sería controlable: conociendo las causas de un fenómeno podemos alterarlas, y con ellas el propio fenómeno que es su efecto), o también como lo que es causa de sí mismo (concepto considerado tradicionalmente como una contradicción lógica); y la necesidad, como aquello que debe ocurrir. De esta manera, la libertad se convierte en un escándalo para la lógica, y la necesidad en  una frustración de nuestros deseos.

¿Por qué nos interesa esto? La controversia teórica sobre si en el Universo puede existir o no la libertad, o todo es una concatenación de fenómenos inevitables, sólo tendría sentido para un conciliábulo de dioses ociosos… si no fuera porque, al hacernos esta pregunta nos estamos preguntando en qué consiste eso que a veces sentimos como libertad,  y que parece contradecir la pura necesidad que rige todo lo que nos rodea. Y también qué somos nosotros, que nos hacemos la pregunta.

Contamos, fundamentalmente, con tres “ayudas” para intentar hacer una definición más o menos precisa del concepto filosófico de libertad.

En primer lugar, la psicología: el abordaje científico de la conducta se inició con el estudio de los actos reflejos, que perimitían establecer una relación medible y comprobable entre un estímulo y una respuesta determinados, y las pruebas se hicieron al principio con animales. La imagen del comportamiento que queda como resultado de este enfoque es la de una “caja negra”, de la que no sabemos nada excepto las relaciones (hipotéticas) que se establecen entre el input (estímulo) y el output (respuesta). [2]

La validez del enfoque “conductista” persiste cuando se estudian animales superiores, pero pronto hay que empezar a sospechar la existencia de mecanismos capaces de diferir la respuesta (memoria), de decidir entre varios estímulos (jerarquía de necesidades o razonamiento rudimentario); en el caso del ser humano, existen asimismo la postergación indefinida de una respuesta (libertad), o la producción de una respuesta no prevista por el experimentador (creatividad, imaginación). [3]

Quedémonos por el momento con este “condicionamiento relativo”, que evita el determinismo absoluto y al mismo tiempo reconoce nuestra dependencia de los estímulos.

El segundo “amigo” de nuestra definición de libertad es Aristóteles: De entrada, los griegos entendían la ética como el arte de vivir mejor; para este filósofo la palabra “virtud” adquiere un significado más cercano al de “habilidad” o “capacidad” que a la idea judeocristiana de  “conducta que merece una recompensa”[4]. En su Ética a Nicómaco enfatiza la necesidad de crear hábitos[5], admitiendo así la resistencia que el propio cuerpo y las costumbres propias y ajenas oponen a la voluntad, por muy libre que ésta se pretenda. Daba así el primer paso para la superación de la dicotomía libertad-necesidad: en lugar de presentarlos como conceptos totalmente antagónicos, reconocía la parte que corresponde a cada una en la conducta humana.

En tercer lugar, y esto es lo más interesante, la filosofía estoica aporta el último eslabón: hemos tratado de establecer la existencia de una libertad que consiste en poder elegir nuestra respuesta a los estímulos; después hemos reconocido el peso de la necesidad (lo inevitable) en nuestras decisiones, pero atribuyéndole el valor relativo que tiene: definiéndolo, entre otras cosas, como una costumbre o hábito susceptible de cambio. Ahora, con los estoicos, podemos entender la libertad no sólo como la capacidad de elegir determinadas acciones (cosa por lo demás demostrada por la experiencia inmediata), sino también como la posibilidad de actuar voluntariamente sobre nuestros propios pensamientos y emociones, sobre todo cuando éstos son perjudiciales. Es una tarea difícil, porque supone la aceptación de lo inevitable; pero al mismo tiempo trata de minimizar los daños que los acontecimientos puedan hacer en nosotros.

Como anticipo del próximo capítulo: el estoicismo  (que no es, como quiere la imaginación popular, una simple “resignación pasiva”; al  igual que el epicureísmo no es simplemente una exaltación del placer) sitúa la frontera entre libertad y la necesidad en ese lugar donde terminan los hechos y empieza nuestra reacción ante ellos. Con independencia de las conclusiones a las que se llegue, científicamente, sobre la naturaleza en general, a nivel personal es perfectamente posible (y deseable) cambiar nuestro estado de ánimo y nuestros pensamientos, en la medida en que nos perjudican. El resultado no será simplemente la mejor aceptación de los hechos, sino un aumento de la calidad de vida y de la capacidad de seguir tomando decisiones libres.

Dicho así, parece una completa frivolidad. Sin embargo, algunas de las últimas teorías psicológicas con aplicaciones terapéuticas se basan en interpretaciones libres de esta corriente filosófica. Interpretaciones que intentaremos ampliar en próximos capítulos, si al final es esa la dirección que toma este ensayo, siempre dependiente de la respuesta de los lectores.

____________________________________________

[1] La filosofía parece una estupidez a la mayoría, por su incapacidad de dar una respuesta “eficaz” o “definitiva” a sus propias preguntas. Lejos de defender  la formulación de  preguntas que, propiamente hablando,  no tienen respuesta (asunto más bien del surrealismo, o del budismo Zen), me limito a señalar aquí que, a lo largo de la Historia, asistimos a una progresiva “afinación” de las preguntas, según la  clase de respuestas que aceptamos como válidas.

Así,  la primera pregunta “¿Cuál es la causa de todo  y de qué está hecho el Universo”?,  no tenía ninguna ventaja particular como tal pregunta, pero el compromiso de responder mediante una cierta lógica supuso un paso adelante con respecto a la mitología.

Además de suscitar distintas respuestas más o menos “estúpidas” (todo está hecho de agua –Tales de Mileto-, o de aire –Anaxímenes-), la disparidad de opiniones “disparó” la segunda pregunta: “¿Cómo lo sabemos?”, y ésta la tercera, “¿Quiénes somos nosotros, que nos preguntamos todas estas cosas?”, y por último, “¿Por qué lo hacemos?”. Las preguntas no se responden más que a medias, pero cada una de ellas hace nacer una disciplina: Metafísica, Teoría del Conocimiento, Antropología y Ética, por ejemplo.

[2] Véase, en la  Wikipedia, el  artículo sobre John B.  Watson

[3] La neurología y la química del cerebro nos explican cómo interactúan hormonas y neuronas con  emociones y pensamientos, pero de su estudio no se puede deducir una primacía de lo material sobre lo espiritual, ni lo contrario.

[4] Sobre el concepto aristotélico de ética véase el artículo “Eudemonismo” de la Wikipedia.

Sobre la contraposición entre el pensamiento griego y el hebreo, en general, véase Leo Strauss, De Atenas a Jerusalén (Amorrortu Editores), centrado sobre todo en la filosofía política y el pensamiento religioso.

[5] Véase el extracto en torredebabel.com. Hay que sortear un poco de publicidad, pero merece la pena por la exactitud de la cita.

3 comentarios to “PSICOLOGÍA Y FILOSOFÍA II”

  1. tusanta Says:

    Cuando los dramas se viven en carne propia, problemas insolubles o arduamente solubles, a veces simultánea o sucesivamente, los sentimos con la desolación que provocan las guerras. La vida se encarga, en determinados momentos, de “regarnos” con toda su descarnada dureza. Afortunadamente no siempre es así y esperanzadamente así lo espero.
    En ocasiones, para superar estas situaciones, o simplemente poder convivir con ellas, simulo ser más fuerte de lo que soy y, cuando el transcurso del tiempo me permite secarme las lágrimas, levanto la mirada al horizonte con el tímido ánimo que encuentro agazapado en mi interior y que me ha permitido, muchas veces, levantarme de nuevo.
    Para dejar atrás algunas de mis tristezas aún no he encontrado aliento suficiente, ni camino por el que transitar con sosiego, pero creo que “hacer ganas de seguir viviendo”, aunque sea de forma inconsciente, es un buena base para enfrentar los golpes que nos depara el destino.
    Por eso, y por lo difícil que es ponerlo en práctica cotidianamente, es necesario reflexionar sobre la fórmula que, en particular, necesita cada uno para intentar salir adelante tras una mala experiencia y avanzar hacia el futuro.
    P.D: A lo mejor no tiene nada que ver con Psicología y Filosofía, pero a mí me ha ayudado escribirlo.

  2. Anacreonte Says:

    Muy interesante esta segunda parte. Planteas los problemas más esenciales de la filosofía con sencillez y en lenguaje comprensible, didáctico, aún para mí que soy un neófito en filosofía.
    La libertad es un tema apasionante ligado estrechamente al concepto de espíritu.
    Espero seguir tus raciocinios y poder sacar conclusiones.
    Un fuerte abrazo

    • aguilarojax Says:

      Gracias. De eso se trataba: también desde el punto de vista del “ensayo”, quería comprobar mi capacidad para exponer cuestiones como ésta.

      En cuanto al tratamiento de los temas y la relación entre ellos: todos los conceptos “centrales” de la filosofía están ligados entre sí (en especial estos dos) y son difíciles de “definir”. Por poner un ejemplo de otra materia: la Geometría se basa, supuestamente, en el concepto de “punto”; pero un punto es algo que no tiene extensión… menudo lío. De manera análoga, en filosofía se hace necesaria una aproximación “en círculos concéntricos”.

      Por otra parte, libertad y espíritu no son “objetos de estudio” en el mismo sentido que, por ejemplo, materia y energía. Eso no quiere decir que no existan, como estamos viento poco a poco.

      En cuanto a las referencias a la ética, en especial a los estoicos (quizá la parte más “torpe” del capítulo), son intentos de relacionar la filosofía pura o metafísica con una filosofía aplicada, con mayor o menor fortuna, a los propios pensamientos y estados de ánimo. Como diría en clase, “esto último es optativo -para subir nota- y no entra en el examen”.

      Un fuerte abrazo.

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